Todavía a comienzos de mayo de 1969 el dictador Onganía sacaba cuentas y decía que le quedaban 17 años más a la autodenominada “Revolución Argentina”, que “no tenía plazos, sino objetivos”, pero que estimaban en dos décadas (como efectivamente ocurrió con la dictadura en Brasil). Los partidos políticos mayoritarios desensillaron hasta que aclare, el sindicalismo tradicional había definido que no había que levantar la cabeza para preservar los sindicatos, la cúpula eclesiástica bendecía y la burguesía aplaudía los planes de ajuste, racionalización a palazos y la persecución política. Había ruidos, sí, pero todo parecía marchar de acuerdo a lo planeado.

No obstante, cuando terminaba la primera quincena se inició lo que se conocería como el Mayo Rabioso. Primero estalló el Correntinazo, a los pocos días el primer Rosariazo y cuando parecía que no cabía otra protesta en el mes, el 29 –día de los ñoquis y del ejército– irrumpió el Cordobazo y todos se pusieron a sacar nuevas cuentas. Dos poderosos movimientos sociales –el movimiento obrero y el movimiento estudiantil– que contaban más desencuentros que confluencias, se unieron en las calles para protagonizar una verdadera rebelión obrero-estudiantil y popular. Ese día, a la policía la vieron de espaldas, corriendo en bandada a auto acuartelarse para huir de la furia popular. La ciudad permaneció durante horas en manos del pueblo alzado. Debió desembarcar el ejército al día siguiente para “restablecer el orden” de la injusticia y el autoritarismo. Sin embargo, el Cordobazo dio nacimiento a un nuevo ciclo político: el de la ofensiva de masas. El Cordobazo le puso fecha de cierre al onganiato y abrió el tiempo de la revolución.

A partir de ahí, toda la geografía argentina se vio atravesada por nuevos azos (Mendozazo, Tucumanazos, Viborazo, Cipolletazo, Choconazo, 2do Rosariazo, Jujeñazo, Saltazo, Trelewazo y muchos más). El movimiento estudiantil aceleraba su radicalización, en la clase obrera se afianzaba el clasismo y las luchas antiburocráticas y las organizaciones armadas irrumpían definitivamente en la escena. Todo lo sólido se desvanecía en el aire. Lxs verdaderos protagonistas de la historia tomaron el escenario por asalto.

Estamos cerca de que se cumplan seis décadas de aquella gesta histórica, pero los fantasmas del Cordobazo nunca dejan de soplar en nuestros oídos que no hay autoritarismo que resista el golpe de un pueblo insumiso, que, aunque las cúpulas se entreguen siempre son estratégicas las resistencias por abajo, que la unidad se hace en las calles, y que si recuperamos la ofensiva no hay que dudar, porque enfrente tenemos a los herederos genocidas del contracordobazo.

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