Cristian Sedó
El mito reza que Johan Cruyff no vino al país a disputar el Mundial ’78 en repudio a la dictadura cívico-militar-eclesiástica que había hecho el Golpe en el ’76. La realidad es que él ya no participaba de la selección de Holanda (Países Bajos) desde hace un tiempo. Sin embargo, hagamos de cuenta que fue así y contrastémoslo con otra escena.
Periodistas neerlandeses en el marco de aquel Mundial pudieron ponerle micrófono a las Madres de Plaza de Mayo y dar lugar a su invaluable testimonio: “¿Por qué no nos dicen a nosotros si están vivos, si están muertos…?” Además, se infiltraron en una cena de Videla y lo obligaron a responder sobre los desaparecidos en un momento en el que les trabajadores de prensa argentines sufrían la represión del terrorismo de Estado.
Esto es el reflejo de cómo un evento que atrapa la atención de casi toda la humanidad, es un lugar de disputa que puede servir para potenciar luchas, visibilizarlas y denunciar crímenes de lesa humanidad. Si Cruyff realmente no hubiera asistido en forma de protesta y el hecho de que Argentina gane el mundial hubiera favorecido a la dictadura, éste habría cometido un grave error, ya que su selección estuvo cerca de ganar la final, pero le faltó su mayor figura. En cambio, los periodistas de su país vinieron e hicieron un gran aporte a la lucha contra la dictadura.
La relación entre el fútbol y la política es compleja y no se puede resolver rápidamente. Pero cabe sentar una posición: el fútbol es indisociable de la política (no se puede pensar por separado) pero también el fútbol es irreductible a la política (no se puede pensar exclusivamente desde ella, tiene su especificidad) Es decir, hay un punto en donde la pasión que despierta el fútbol en los pueblos del mundo también depende, por decirlo de algún modo, de que la pelotita entre en el arco o no. Y cualquier análisis que no contemple esta dimensión está cometiendo el mismo error que quienes pretenden desentenderlo de la política.
La derecha se quiere apropiar de Messi y el Mundial y pareciera que, desde la izquierda y el movimiento popular, se los regalamos en bandeja. Muchas veces escuchamos decir que el Mundial sirve para tapar y distraer, que es perjudicial para la lucha de clases. La realidad indica que ni Macri se fue por el desastroso mundial que tuvimos en Rusia 2018 ni que la consagración de Qatar 2022 sirvió para evitar que venga un gobierno fascista.
A quienes denunciamos al gendarme mundial del imperialismo y al Estado genocida de Israel, nos encantaría que la Selección Argentina, siendo la mejor del mundo hace varios años, se pronuncie en el sentido que defendemos. Como si fuera poco, el evento de la MLS en el que vimos a Messi a las risas con Trump mientras que este se vanagloriaba de estar tirando bombas en Irán, nos dolió profundamente. El contraste con Diego es inevitable. También hay que decir que después de que el Diego se haya ido, se ha romantizado su figura como si no hubiera sido enormemente compleja.
Ahora, ¿cuántas veces fuimos tan felices como aquel 18 de diciembre de 2022 cuando fuimos campeones mundiales? Nunca. Quienes luchamos, en última instancia, por la felicidad del pueblo ¿qué pensamos sobre que el pueblo sea feliz por las atajadas de Dibu aquella tarde? Al dejar de lado la dimensión de la irreductabilidad del fútbol, la de su especificidad (quizás porque, en todo su derecho, a muches genuinamente no les gusta el fútbol y ya), corremos el riesgo de querer imponerle al pueblo con qué puede ser feliz y con qué no.
Tras la muerte del Diego o el Indio, se repitió como un mantra que “el pueblo no olvida a quien lo hace feliz”. No podemos pretender ocultar el amor que nos genera Messi y la selección por habernos hecho felices (y seguir haciéndolo) Tampoco sirve impostar una posición oportunista de subirnos a cualquiera para no quedar alejades de las masas. Ninguna de las dos nos acerca al pueblo. Se trata de habitar la complejidad y disputar los sentidos, pero desde esa misma complejidad. Algo parecido a la Revolución.
Si nos podemos permitir alguna cita de autoridad, que sea la del Diego, que siendo tan distinto a Messi, siempre lo quiso. O el mismo Indio, que teniendo una posición política tan definida le mandó ese audio en el que le agradecía su obra y lo motivaba a volver a hacernos campeones mundiales: “Estás para eso, viejo”.
Como movimiento popular, en general, y como izquierda, en particular, tenemos que denunciar, visibilizar y organizar la lucha que subyace al Mundial como evento profundamente político. Al mismo tiempo, no podemos dejar de lado que ni el fútbol ni la Copa del Mundo se pueden reducir exclusivamente a ese aspecto. Los goles de Messi y la selección son del pueblo y, aunque los dueños de todo tengan las manos manchadas con sangre, al fútbol se juega con los pies y, así, la pelota no se mancha.