Andrés Carminati
(Historiador, Docente de la U.N.Rosario)

Muy pocos lo saben y casi nadie lo recuerda, pero entre octubre y noviembre de 1977 se produjo el estallido huelguístico más importante de los primeros cuatro años de la dictadura.[1] Consistió en una oleada de huelgas que tuvo como epicentro un conflicto de ferroviarios, pero que creció como fuego en el pastizal seco y afectó a muy diversos sectores de la industria y los servicios. Desde mediados de octubre las huelgas y conflictos se extendieron a subterráneos, personal aéreo, hipódromo, luz y fuerza, bancarios, municipales, portuarios, petroleros, transporte de corta, media y larga distancia, aguas gaseosas, textiles, cerámicos, frigoríficos, metalúrgicos, mecánicos y petroquímicos en diferentes puntos del país.

Tal fue la magnitud de las confrontaciones, que en los medios de prensa- todos oficialistas con matices- se empezó a debatir si se trataba de un movimiento semejante al Cordobazo. Diversas editoriales aseguraban que se trataba de “los días más difíciles” o de “un duro traspié para el proceso de reorganización”. Incluso, el movimiento huelguístico trascendió las fronteras argentinas, y periódicos como El País de España o el New York Times le dieron cobertura. En el diario madrileño sostenían que se trataba de la “situación más delicada para el Gobierno del general Videla desde que las Fuerzas Armadas asumieron el poder” (6/11/1977).

Tapa de Revista Somos, Noviembre de 1977

Ahora ¿en qué consistió este estallido huelguístico que llamó tanto la atención de sus coetáneos pero que hoy es prácticamente desconocido?

El malestar obrero se empezó a visibilizar hacia mediados de octubre. Durante la segunda semana de ese mes se produjo un enorme conflicto por reclamos salariales en la planta de IKA Renault de Córdoba, que duró seis días. En la fábrica trabajan unos 7.000 obreros, y ante el paro se produjo la ocupación por el Ejército, que ingresó en la planta, golpeó y detuvo a un número indeterminado de trabajadores. Aun así, el conflicto duró casi una semana y se extendió hacia otras fábricas de la provincia. Por la magnitud de la conflictividad y la importancia de la automotriz, la noticia fue destacada en los principales periódicos del país.

No habían pasado diez días de su finalización cuando se inició un paro sorpresivo de señaleros de la línea Roca del Ferrocarril, que se convirtió en el puntapié de un estallido de inéditas proporciones. Y si bien la Asociación de Señaleros desautorizó el conflicto y “ordenó a sus representados ‘deponer de inmediato la actitud asumida y normalizar el servicio”, la huelga se sostuvo y se extendió hacia otros ramales y sectores del personal ferroviario. Al día siguiente, 27 de octubre, Clarín titulaba: “El conflicto del transporte se generaliza”, e informaba que la huelga ya se había extendido a los ramales San Martín, Mitre, Urquiza y Belgrano. Además, ese mismo día se sumaron al paro todas las líneas de Subterráneos de Buenos Aires. Mientras que el personal aeronáutico realizaba paros de dos horas por turno. Al día siguiente, 346 pilotos de Aerolíneas Argentinas, sobre un total de 360, presentaron la renuncia como modo de protesta.

Durante el cuarto día de huelga también paralizaban sus tareas los expendedores de tickets del hipódromo de Buenos Aires, continuaba absolutamente paralizado el subte, y la huelga de ferrocarril corría zigzagueante de un lado a otro: se suspendía en un ramal, empezaba en otro, se anunciaba su resolución en un lugar y estallaba en uno nuevo.

El 28 de octubre empezaron las amenazas (y luego las acciones). Las empresas de Ferrocarriles Argentinos y Subterráneos de Buenos Aires emitieron sendos comunicados intimando a su personal a reincorporarse a sus puestos de trabajo, bajo amenaza de aplicación inmediata de la ley 21.400 (que sancionaba con penas de prisión de uno a diez años a los que realizaran o instigaran medidas de fuerza y la pérdida del derecho a percibir indemnizaciones, en caso de expulsiones). Más allá de la aplicación de la “legalidad” dictatorial, también se desplegaron los métodos ilegales para intentar levantar las huelgas. Así aparece retratado en la prensa de la época. En Clarín del 1 de noviembre informaban que además de los reclamos salariales, “los trabajadores de los subterráneos habían puesto como condición para continuar con la prestación del servicio, la liberación de dos dirigentes que habrían desaparecido”.

En el transcurso de los días siguientes, el Ejército emitió nuevos comunicados con carácter claramente intimidatorios, donde informaban sobre el asesinato de varios supuestos activistas. El 4 de noviembre, un parte castrense publicado en todos los medios de prensa y transmitido cada 30 minutos por radio y televisión sostenía:

“en proximidades de la zona de Plaza Constitución, una patrulla de las fuerzas legales sorprendió a un activista que incitaba al cese de actividades y trataba de impedir la concurrencia al trabajo de algunos operarios, siendo abatido por el fuego. Se procura su identificación”.

Al día siguiente sostenían haber “abatido” a otros “dos subversivos” que habían sido “sorprendidos arrojando panfletos que incitaban al personal ferroviario al paro de actividades”.

Entre el 1 y el 5 de noviembre se vivió el momento más álgido de la ola de conflictos. Además de los ferroviarios –que ya abarcaba las seccionales de Capital Federal, La Plata, Rosario, ciudad de Santa Fe, Tucumán, Entre Ríos y Córdoba- aeronáuticos y subterráneos, se sumaron las huelgas de varias líneas de colectivos que recorrían el conurbano bonaerense. Es decir que el transporte se encontraba prácticamente paralizado en el Gran Buenos Aires y Capital. Por lo cual, se extendía de manera forzosa el paro a todos/as los/as trabajadores que necesitaran movilizarse en transporte público.

Además habían declarado la huelga los trabajadores del puerto metropolitano y rosarino; trabajadores de SEGBA y Agua y Energía Rosario; la planta de Coca Cola y la Embotelladora Sáenz Briones; Cerámica Lozadur (que duraría del 21/10 al 17/11), Personal de Shell adherido al SOMU (Marítimos); Frigorífico Wilson de Valentín Alsina;  ENCOTel y trabajadores de YPF en las ciudades de La Plata, Mendoza, Comodoro Rivadavia y Capital. También había huelgas en el Hipódromo de Buenos Aires y entre los empleados de correo de la Provincia de Buenos Aires y de Mendoza. En Rosario los conflictos se extendían a trabajadores del Ministerio de Obras públicas, del Ministerio de Bienestar Social, de Correos y telecomunicaciones, Obras Sanitarias de la Nación y la editorial Caille Volá. En la casa central del Banco Nación se arrojaron “pastillas encendidas de gas insecticida en el hall”, que había obligado a desalojar el edificio durante una hora.

Recién el 5 de noviembre se normalizaron los servicios ferroviarios. ¡El conflicto había durado 11 días! El arreglo salarial que se hizo público fue del 34% al 43%. La inflación de ese año rondaba el 170%…

Mientras los conflictos de ferroviarios y subterráneos parecían llegar finalmente a una solución, se conoció del recrudecimiento de la huelga en Luz y Fuerza (gremio que había protagonizado grandes conflictos hacia fines de 1976 y comienzos del 77). El 5 de noviembre, el diario La Nación informaba que los trabajadores de la Central Costanera de SEGBA habían abandonado “sus tareas como expresión de protesta por la desaparición del delegado Juan Luis Bonggio”. Se podía leer en el tradicional matutino conservador: “el gremialista fue interceptado por varios desconocidos e introducido en un   vehículo el miércoles a las 5, cuando se dirigía a su empleo…Desde entonces se carece de noticias de Bonggio”.

El delegado iba a aparecer tres días más tarde y los trabajadores levantaron la medida. Lo interesante de este caso, y del ocurrido en subterráneos, es el hecho de que la movilización logró impedir que se consumara la desaparición de trabajadores. Sin dudas la posibilidad de impedir la consumación de los secuestros dependía de condiciones excepcionales de movilización, como las que se vivían en ese momento. Incluso, el hecho de que estos sucesos hayan trascendido a los periódicos está vinculado con el alcance de la conflictividad. Como se ve, en casos excepcionales las desapariciones forzadas eran tratadas hasta en Clarín y La Nación.

El carácter estratégico, en relación a la ruptura del orden público, que tenía el paro de los transportes urbanos de pasajeros, provocó que a partir de su resolución la “ola” entrase en una fase de declinación. No obstante lo cual, hasta los primeros días de diciembre seguirían los coletazos de las huelgas. Algunas de singular importancia. Por ejemplo, la de los estibadores del puerto de Buenos Aires, que siguieron en conflicto hasta el 7 de noviembre, al igual que en la destilería YPF de Ensenada. Ese mismo día se agravaría un conflicto que desde el 3 de noviembre estaban llevando adelante los 2.000 trabajadores y trabajadoras de la textil Alpargatas de Florencio Varela. Durante esos días también se supo que se trabajaba “a desgano” en la planta de Peugeot (8/11), había huelga en la Textil Alpesa (8/11), en el Banco Crédito Argentino (entre el 8 y 16/11) entre el personal técnico de Aerolíneas Austral (8/11), trabajo a reglamento en los Portuarios de Buenos Aires (10/11), Apagones y estallidos en SEGBA (17/11) y huelga del transporte de colectivos en varias líneas de Capital y Provincia de Buenos Aires.Uno de los conflictos que prácticamente no aparece en las noticias, pero que duró más de un mes y tuvo funestas consecuencias represivas, fue el de cerámica Lozadur, en la Zona Norte de la provincia de Buenos Aires. Recién hacia finales de noviembre el movimiento huelguístico entró en su fase descendente. Como resultado del mismo, en la mayoría de los sectores se había obtenido alguna mejora salarial. Aunque en casi todos fue inferior a lo solicitado y en muchos casos el costo represivo fue muy alto.

Huelga general no declarada/recordada

Es muy difícil calcular la cantidad de trabajadores/as implicados en este ciclo. Sin dudas el corazón del estallido fueron las huelgas de ferroviarios y subterráneos, que se diseminaron rápidamente a lo largo de los rieles y ramales. Mientras que, el efecto contagio esparció el virus huelguista en sectores tan diversos como los que hemos enumerado en estas páginas. El hecho que ninguna fracción sindical o política la hubiera convocado, podría encuadrar este estallido en lo que Rosa Luxemburgo denominaba “huelga de masas”, en contraposición a la huelga general política. Es muy probable que este mismo hecho haya colaborado a invisibilizar estas jornadas de protesta, que permanecen ampliamente ignoradas. Quizá esta falta de protagonismo de organizaciones gremiales o de otro tipo, privó a estos episodios de formar parte de aquellas efemérides, construidas por los colectivos sociales que, al evocarlos se rememoran, reconstruyen y resignifican. El historiador Ricardo Falcón sostenía que este episodio configuró “algo así como una “virtual huelga general no declarada”. Yo agrego, si fue una huelga no declarada, tampoco sería recordada. Es notable la diferencia con las movilizaciones obreras posteriores a 1979. Dichas protestas, impulsadas por uno de los sectores del gremialismo que logró institucionalizarse (“los 25”/CGT Brasil), sí forman parte de las memorias y tienen determinado lugar en la historiografía, por ejemplo: la Jornada de protesta de abril de 1979, la marcha por “Pan, paz y trabajo”, el 7 de noviembre de 1981 y las movilizaciones del 30 de marzo de 1982. Mientras que la conflictividad de octubre/noviembre de 1977, aun cuando alcanzó dimensiones extraordinarias, está prácticamente ausente. Como decíamos al comienzo, es poco conocida y recordada. Y nos vuelve a la memoria aquella reflexión tantas veces citada de Rodolfo Walsh, cuando decía “nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes y mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo separada de las luchas anteriores: la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan”. Ahora, ¡qué diferente se ve la historia de la última dictadura ubicando esta pieza de abierta resistencia obrera! Cuando tantas veces se insiste en las ideas de la apatía de la clase trabajadora frente al golpe o, peor aún, el consenso obrero a la dictadura. Por el contrario, esta oleada huelguística, y otros conflictos significativos durante los meses previos, dan cuenta que desde la clase trabajadora hubo resistencias, hubo oposición, aun en los tiempos más represivos y brutales.

Cuando se cumplen 40 años de la recuperación democrática, qué poco lugar tiene la resistencia obrera en las narrativas sobre la transición, a pesar que fue un actor central y decisivo para empujar el colapso del régimen terrorista. Y en estos tiempos de crisis social, económica y política, de desorientación generalizada, qué importante que se vuelve recuperar nuestra historia, nuestra doctrina, hacer nuestras estas páginas heroicas escritas con la potencia anónima y resistente del colectivo humano que hace que todas las ruedas se muevan.

***


[1] Una reconstrucción más exhaustiva y analítica de estos conflictos se puede leer en: Carminati, Andrés. «Estamos en medio de un Cordobazo. La ola de huelgas de fines de 1977 en Argentina». En Clase Obrera y dictadura militar en Argentina (1976-1983). Nuevos estudios sobre conflictividad y cambios estructurales, editado por Luciana Zorzoli y Juan Pedro Massano, 35-57. North Carolina: A Contracorriente, 2021.

4 thoughts on “La oleada de huelgas de octubre y noviembre de 1977: la resistencia obrera ignorada”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *