Cristian Sedó

Empiezo por mi experiencia que intuyo que es la de muches. No vi jugar a Maradona pero su figura me resultó inevitable. Como desde hace miles de años, la narración oral sigue siendo la forma predilecta de la transmisión generacional de mitos y leyendas. Así fue con Diego. Me hablaron del mejor gol en la historia de los mundiales y del gol con la mano. Y por entonces dirigí una pregunta que debe haber sido algo así como: ¿por qué festejamos un gol si fue con la mano?

Esta pregunta hoy sigue haciéndole perder el sueño al primer mundo ya que es un golpe en el corazón de la moral europea. Los pueblos originarios sufrieron el mayor genocidio en la historia de la humanidad por parte de España, Portugal, Francia e Inglaterra, entre otros. En 1806 y 1807, nuestro pueblo tuvo que repeler las invasiones inglesas con armas rudimentarias. En 1833, la corona británica invadió las Islas Malvinas, expulsó a nuestra población e instaló la suya para decir que les pertenecen porque así lo determinan sus ocupadores. Y en 1982, nuestros pibes fueron enviados a Malvinas por parte de un gobierno de facto y genocida que era parte del Plan Cóndor, orquestado por Estados Unidos y la OTAN, y fueron asesinados por un ejército al mando de la criminal de guerra Margareth Tatcher. Sin embargo, un gol con la mano les parece inadmisible.

Resulta que un pibe de Villa Fiorito, de una familia que pasó hambre como millones alrededor de nuestra Patria y el mundo entero, por culpa de las políticas de Estados colonizadores e imperialistas como Inglaterra, jugó al fútbol mejor que nadie; incluso mejor que los ingleses, que se adjudican haber inventado el deporte. Y en un plazo de tiempo menor a cinco minutos, cuatro años después de la guerra de Malvinas, bajo el Sol del mediodía en el Azteca y con una camiseta azul de utilería, Diego les metió dos goles que no se pueden pensar por separado.

Después de haberle dado patada tras patada sin que hayan expulsado a ninguno de ellos, en una jugada de potrero, gambeteando a uno tras otro como en todo el partido, Diego tira una pared y cuando, tras un rebote, la pelota queda en el aire, salta. Salta porque nunca un pibe como Maradona, como tantos pibes y pibas de Argentina y los pueblos oprimidos del mundo, hubiera dado una pelota por perdida.

Por la misma razón que Güemes y Los Infernales asaltaron un barco de la corona británica a caballo, por la misma razón que San Martín y su ejército revolucionario y popular cruzaron Los Andes en mula, por la misma razón que las Madres y Abuelas desafiaron a la dictadura en Plaza de Mayo, por esa misma razón fue que Diego saltó. Es con la infinita rebeldía y creatividad de un pueblo como el nuestro —como los nuestros— que Diego saltó y le dio con la mano.

Y menos de cinco minutos después, ante la confusión de los ahora indignados ingleses, heridos en su moral y en los buenos modales aprendidos en esas tardes de té, mientras nos someten hace siglos, los jugadores rivales ya no se proponen —si es que alguna vez se lo propusieron— sacarle la pelota al 10. Solo quieren romperlo pero tampoco pueden.

Ese pibe de Villa Fiorito que es la síntesis de todos nuestros pibes, y con toda la fuerza de los pueblos del mundo, los deja de rodillas ante uno de los nuestros para toda la eternidad, con el gol más hermoso, más virtuoso y definitivo en la historia de los mundiales. Ahora en Argentina, como en Nápoles, Escocia o Bangladesh, o donde sea que alguien sufra la injusticia, el pueblo se llena de orgullo de ser pueblo, no agacha la cabeza y sabe que puede.

Seguro la respuesta que me dieron fue más simple. La imagen es tan imponente que se explica sola. Los pueblos oprimidos del mundo lo entendemos rápido, desde la infancia. Allá no lo van a entender nunca.

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