Entrevista a Valerio Arcary (pt. 1)
Durante el mes de Marzo se fundó Semear, una nueva organización de la izquierda brasilera producto de la unificación entre Insurgencia y Resistencia, dos corrientes hermanas de Poder Popular. Para desarrollar con mayor extensión sus definiciones estratégicas y propuesta programática, entrevistamos a Valerio Arcary, historiador, militante desde la Revolución de los Claveles y hoy miembro de Semear. En esta primera parte, nos enfocaremos en la situación internacional y el ciclo político actual.
1. Poder Popular – En el manifiesto de Semear plantean que vivimos en una época de “gran desorden”. ¿Cómo ves la situación global del capitalismo y los posibles desenlaces de esta crisis? ¿Qué rol juega en este contexto el internacionalismo desde la tradición marxista?
Bien, camaradas, en relación a la primera pregunta y el tema del gran desorden, nosotros estamos convencidos de que a partir del 2015 se abrió una nueva situación internacional, una situación en el sentido de una etapa larga. O sea, estamos convencidos de que solo una perspectiva histórica nos puede ofrecer una mirada correcta sobre las coyunturas.
Creo que es más o menos evidente que prevaleció en los años 90 una situación internacional reaccionaria, abierta esencialmente por la restauración capitalista en la ex Unión Soviética y en el este europeo. Esta etapa se mantuvo estable, permitiendo en este período histórico la conocida “etapa de globalización” y luego se cerró aproximadamente en torno del 2015-2016. Y eso porque en los años 2000 el orden capitalista mundial fue desafiado por dos ondas de impulso revolucionario y una gran crisis económica.
La primera onda fue en América Latina. La década de los 90 tuvo un impacto devastador en América Latina y al final de los años 90 se abrió un proceso de movilizaciones revolucionarias de masas. Esto se expresó de forma aguda en Argentina con el derrumbe del gobierno de De la Rúa por una explosión de millones de personas pero se expresó también en la crisis de la dominación capitalista en el Ecuador y no hay por qué olvidar la derrota de la tentativa de golpe contra Chávez en el 2002 en Venezuela, donde por primera vez un golpe de estado con apoyo de la embajada norteamericana y del grueso de la clase dominante ha fracasado. Tuvo expresión también en otros países como Bolivia en el proceso entre 2003-2005 que culminó con la elección de Evo Morales y en Brasil de una forma mucho más mediada por la elección de Lula en 2002. Esta onda que tuvo en distintos países impulsos revolucionarios ha sido interrumpida, fue absorbido el malestar social por dentro de las reglas electorales de los regímenes.
Y el segundo gran momento fue la crisis económica internacional del 2008, una crisis de proporciones catastróficas que no abrió una década de depresión prolongada como la crisis del 29’, porque la clase dominante, en primer lugar, aprende con las experiencias históricas y se aplicó una estrategia de estabilización financiera que pasó a la historia como el quantitative easing, lo traducimos en Brasil como relajamiento monetario. O sea, se combatió el exceso de liquidez con una montaña de derivativos que fue calculada por el Banco de Compensaciones Internacionales de Basileia, que es parte del sistema Bretton Woods. Es una especie de banco central de los bancos centrales, como una pirámide que había alcanzado en el valor de fase de los títulos algo superior en ese momento a 500 trillones de dólares. O sea, más de cinco veces el valor del Producto Bruto Mundial anual. Y este relajamiento monetario logró evitar una depresión apocalíptica con medidas de excepción que introdujeron una recesión. Y desde los años 2010 hay una etapa de largo estancamiento económica.
Y finalmente tuvimos también la ola de movilización conocida como Primavera Árabe. Este proceso también fue derrotado. Finalmente hubo un golpe de Estado después de la caída de Mubarak por la movilización de la Plaza Tahrir, con un golpe de Estado de las mismas fuerzas armadas que sustentaban a Mubarak. Y desgraciadamente también en todo el Magreb hubo un proceso de contraofensiva que logró estabilizar el impulso democrático radical de movilización de las masas de lengua árabe.
De hecho desde 2015-2016 vivimos una nueva situación donde hay una combinación en grados de depresión distintos de al menos cuatro crisis. El primero es el estancamiento. Hay una apuesta de la tríada dominante, o sea la articulación entre Estados Unidos, Europa occidental y Japón de que los desarrollos tecnológicos que se traducen en las nanotecnologías, en los microchips, los semiconductores que ofrecen la base material para los programas de inteligencia artificial. Hay una apuesta en las inversiones de la transición energética. Hay una apuesta en las inversiones de la industria militar y espacial. Hay una apuesta de que puede haber una nueva etapa de crecimiento sustentado que no tendrá la robustez, la fuerza de los años de la posguerra, pero que podría superar la actual década de estancamiento. Pero eso es muy incierto.
Por otro lado, está el agravamiento de la crisis ambiental producida por el calentamiento global de las temperaturas, por la emisión de todos los gases que producen un calentamiento de la atmósfera.
Hay una tercera crisis que es un nuevo momento de disputa al interior del sistema internacional de Estados. Hay un núcleo duro de la clase dominante de Estados Unidos que abrazó una estrategia de revertir la tendencia de su lenta pero ininterrumpible caída de su liderazgo económico. Vean, el PIB mundial en 2026 puede alcanzar, según los cálculos del FMI, algo un poco arriba de 125 trillones de dólares o 125.000 billones de dólares. Y la medición, se estima que el PIB de Estados Unidos estaría en torno de 30 trillones, un poco menos del 25%, pero el de China ya supera los 20 trillones. Y si consideramos cálculos que tienen como referencia la paridad del poder de compra, el PPC, la diferencia entre la dimensión del capitalismo norteamericano y chino es cualitativamente menor. Pero la cuestión decisiva es que estos datos, aunque sean relevantes, son importantes, no hablan por sí mismos. Porque la economía es poder y la fuerza económica es indivisible de la fuerza política. El peso relativo de Estados Unidos es declinante, esta es la tendencia, y será irreversible, pero solamente si Washington no logra movilizar de forma activa, incluso agresiva, sus ventajas relativas en comparación con China.
Ellas son esencialmente tres. La primera es la evidente superioridad militar de Estados Unidos que permanece intacta y sus demostraciones recientes de fuerza obedecen a este cálculo de intimidación. La segunda es la ilimitada capacidad de financiamiento que tiene Washington por la fuerza del dólar como principal moneda de atesoramiento. Y esta ventaja permanece también sin modificaciones y garantiza una capacidad del tesoro de Estados Unidos de emisión permanente de títulos de su deuda. Y la tercera ventaja, y no es la menor, es que el sistema de alianzas de Estados Unidos con la Unión Europea permanece sólido. Hay tensiones, por supuesto, con la Unión Europea, pero el debate sobre los costos de la OTAN no disminuye la dimensión de que se trata de un bloque político, económico y militar que es el más poderoso del mundo. La mayor debilidad comparativa que amenaza la supremacía norteamericana es la dificultad de preservar su estabilidad política y social interna porque en Estados Unidos se avanzó en un proceso de fragmentación social y política. Y en este terreno, aunque China está en una posición militarmente aún inferiorizada y financieramente más limitada, y aunque los BRICS aún son un laboratorio exploratorio de formación de un bloque político, la verdad es que el reloj de la historia no para.
La importancia relativa de los tres factores que aún favorecen a Estados Unidos está disminuyendo. Y es evidente en este contexto que la estrategia de Beijing es ganar tiempo. Se funda en el hecho de que China tiene una capacidad de movilizar a la mayoría del pueblo, si fuera necesario, incluso delante del peligro de una guerra, una capacidad de movilización social y política superior a Estados Unidos. Y en este marco debemos ver las ecuaciones y las razones que llevan a una fracción de la burguesía yanqui a apoyar un gobierno de extrema derecha como el de Trump, un gobierno de una fuerza política social, un movimiento que tiene un impulso neofascista. O sea, la necesidad de construir cohesión interna, limitando libertades democráticas y elevando su capacidad de maniobra.
Y finalmente llegamos a la cuarta crisis, que es el hecho central de que es imposible comprender la crisis de la dominación capitalista contemporánea sin identificar que hay un fortalecimiento de movimientos de extrema derecha radical. O sea, hay nuevos movimientos en esta tercera década del siglo XXI de índole neofascista que hacen una apuesta en la subversión de los regímenes democráticos liberales. En conclusión, más que nunca, la mayor debilidad de la izquierda contemporánea es el hecho de que la bandera del internacionalismo está muy débil. Hay muchos tipos distintos de internacionalismo y esto tiene importancia. Hay un internacionalismo humanitario que se expresa, por ejemplo, en las movilizaciones de solidaridad con la causa palestina en función de la guerra de genocidio de Israel contra los palestinos en Gaza. Pero el internacionalismo socialista, el internacionalismo marxista, es un internacionalismo anticapitalista y evidentemente estamos en una situación de gran fragilidad. Existen organizaciones revolucionarias que hacen una lucha heroica para mantener vivo el hilo de continuidad de la lucha de la clase trabajadora a nivel internacional pero la capacidad de construir una articulación internacional es muy débil.