Tenemos que repolitizar el 25 de mayo. Volver a darle el sentido épico de una revolución anticolonial. Liberarlo al fin de ese relato chato de efeméride en que lo han encarcelado desde hace más de un siglo y medio.
Entre otras cosas, tenemos que volver a pensar a esa fecha como parte de un proceso, que tiene sus antecedentes: como las luchas contra las invasiones inglesas y también los levantamientos indígenas de 1780/81. Pero que, además, es apenas el comienzo de una revolución que ni bien iniciada empezó a resquebrajar el orden colonial y abrió paso a las acciones de las y los de abajo.
En ese sentido es justo y necesario reponer que el 25 de mayo es no sólo un mojón fundamental de la lucha política y simbólica por la soberanía, sino los primeros chispazos de las guerras de independencia. La repetición acrítica y descafeinada de los días patrios han borrado por completo que la independencia y la soberanía no se conquistaron vendiendo mazamorra y sosteniendo paragüitas en el Cabildo, sino en los campos de batalla. Parece obvio, pero no lo es. Hasta el himno fue podado de ese espíritu guerrero, que en sus estrofas originales cantaba “al valiente argentino a las armas corre ardiendo con brío y valor: el clarín de la guerra cual trueno en los campos del Sud resonó”. Ese himno batallador, emancipador e igualitarista, se enorgullecía de sus laureles y de tener a “sus plantas rendido un león” (símbolo de lo colonial desde entonces).
Repolitizar el 25 de mayo es también devolverle su carácter americano. Así lo entendieron las y los revolucionarios: en el discurso y en sus actos. Alcanza nomás con seguirle las huellas a las tropas de Castelli, Juana Azurduy, Belgrano o San Martín para darse cuenta. Basta ver los estallidos anticoloniales que se esparcieron de manera simultánea por toda América (del río Bravo hacia el sur). En ese momento estaba muy claro que el orden colonial tenía un carácter continental. No había posibilidad de independizarse aisladamente. Una profunda lección política que haríamos bien en asimilar.
También es necesario volver a recuperar el protagonismo de los pueblos, no sólo de la plebe porteña que se aglomeró en las afueras del cabildo, sino sobre todo de las masas criollas, indígenas y afroamericanas, que regaron con su sangre las gestas independentistas. Y con ello rescatar el pensamiento igualitario y anti racista que tuvieron los principales líderes de la revolución. Las generaciones siguientes edificarían los estados nación negando el carácter americano de la independencia –acotándolo a los reducidos espacios nacionales– a la par que iniciaban una guerra material y simbólica contra los pueblos originarios y construían un racismo de estado que se encuentra en las antípodas del pensamiento emancipatorio de la generación de 1810.
No es algo original la idea de recuperar las enseñanzas de nuestras luchas pasadas a la hora de emprender las batallas del presente. La primera Federación Obrera de Argentina – la FOA– fue fundada por anarquistas y socialistas un 25 de mayo de 1901. La misma fecha eligieron las y los militantes de las organizaciones que dieron nacimiento al Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) en 1965. Posteriormente, la bandera del ERP tomaría prestado el diseño de la bandera del ejército de Los Andes a la que le agregaba la estrella roja del socialismo.
Ahora nosotrxs, en estos tiempos aciagos, con un presi-virrey que viaja a diario a rendir cuentas a la capital imperial, con una economía extranjerizada, saqueada e intervenida por organismos multilaterales de crédito, tenemos la tarea de repolitizar el 25 y las gestas independentistas. Recuperar sus valiosas lecciones, que nos enseñan, como todas las revoluciones, que ninguna tiranía puede durar para siempre y que la dignidad sólo se construye en el ejercicio del sagrado derecho a la rebelión.