Viviana Ríos Alvarado – Mariel Payo Esper
Este 24 de marzo se cumplen 50 años del último golpe militar de nuestro país. Nuestro pueblo llega a esta fecha en un contexto por demás regresivo. Muchos de los derechos que supo conquistar antes y después de la dictadura se ponen en tensión bajo el gobierno de la ultraderecha. Sin embargo, desde Poder Popular vemos que lo que está de fondo y se busca minar es lo más importante que la generación de los 30mil supo defender: la organización popular y la esperanza de que es posible cambiarlo todo.
Hoy y siempre 30 Mil Presentes
Toda denuncia del terrorismo de Estado comienza por señalar la prevalencia del mismo no sólo desde el golpe del 76, sino desde la organización estatal que en 1974 bajo el mandato de Isabel Perón lanza un aparato militar paralelo para perseguir y exterminar a los sectores organizados de la clase trabajadora que pujaban por transformaciones radicales en su epoca.
Sin embargo para nosotrxs esa búsqueda de coordenadas que signaron la dictadura empieza incluso aun más atrás, cuando la organización popular comenzó a hacer temblar a los poderosos no sólo en Argentina sino en toda América Latina, y la contraofensiva se tiñó cada vez más y más de las estrellas y bandas estadounidenses.
Con diversos puntos de inflexión en los planos nacional e internacional, pueden señalarse como hitos del primero los bombardeos a Plaza de Mayo en 1955 y el posterior golpe de Estado, y del segundo la Revolución Cubana de 1959, junto con la creciente influencia soviética en distintos procesos del Tercer Mundo, como los de Vietnam, Argelia y China. Este contexto dio lugar a una intensificación de la lucha de masas tanto a nivel local como internacional.
En ese marco se desplegaron dos dinámicas simultáneas. Por un lado, la reorganización de la burguesía en torno a un proyecto dependentista, orientado a profundizar la matriz primaria de la economía en sintonía con las transformaciones del capital transnacional, en los albores de lo que dos décadas más tarde se consolidaría como el nuevo orden neoliberal. Por otro lado, un proceso de resistencia y radicalización de las luchas obreras, tanto a nivel local como continental, que fortaleció a la izquierda latinoamericana, aceleró la proletarización ideológica de un sector del peronismo y favoreció la radicalización del movimiento obrero argentino.
Este acumulado explotó dentro del país con la dictadura de Onganía y el Cordobazo, desatando una crisis orgánica en términos gramscianos, donde la clase dominante no se afirma como clase dirigente, con un desborde popular por fuera de los partidos y las ideologías tradicionales. El Estado ya no sólo no articulaba la dominación, sino que se veía desbordado por las demandas y la práctica política de organizaciones que alcanzaron un nivel sostenido de influencia de masas, inserción social, y dirección de procesos de gran envergadura .
Las experiencias organizadas con más impacto (Montoneros y PRT-ERP) tardaron poco en comprender que los momentos de mayor asertividad de organización en la clase trabajadora se da cuando se encarnan las tareas de unidad, lo que lxs llevó a confluir no sólo en el despliegue de una política unitaria entre sus estructuras armadas, sino en la política de coordinación y confluencia con la CGT de los Argentinos, agrupaciones sindicales clasistas, las agrupaciones estudiantiles revolucionarias, etc.
Ahora bien, este acercamiento no se dió sin debates. A la unidad práctica como propuesta de época, que en sus mejores acciones hizo temblar a los estandartes del poder, se la acompañó con un profundo debate por parte del marxismo revolucionario contra las propuestas más conciliadoras y contrarrevolucionarias de sectores del peronismo que mantenían la dirección del movimiento por izquierda.
Para 1975 esta política de unidad logró nada menos que forzar la renuncia de Lopez Rega, ministro de Economía de Isabel Perón, en un movimiento coordinado entre la acción político militar, la lucha sindical y la movilización popular.
La unidad entre la izquierda y el peronismo revolucionario, principal enseñanza de la generación de los 60 y 70, logró hacerle frente a nada menos que uno de los impulsores de la Triple A.
En lo que se refiere a la postura de las clases dominantes, podemos resumir su accionar como una intervención coordinada con supervisión norteamericana bajo el Plan Condor en Chile y Argentina en un primer momento, y en Uruguay, Paraguay, Brasil y Bolivia posteriormente. El posicionamiento de la burguesía latinoamericana atrás de este plan y la fuerte inversión estadounidense para hacer triunfar los golpes militares desató el 24 de marzo de 1976, en nuestro país, una resolución violenta y conservadora que clausuró el proceso de crisis orgánica abierto a raíz de la incidencia de las organizaciones populares de la izquierda marxista y peronista en términos amplios durante los años anteriores.
En este sentido, el objetivo central del proceso abierto con el golpe de Estado fue resolver en favor de la gran burguesía una coyuntura de agudización de la lucha de clases. Desde esta perspectiva, la caracterización del período simplemente como “dictadura cívico-militar” resulta descriptiva pero insuficiente para lxs revolucionarixs si no la vinculamos con las relaciones de clase y los intereses que estructuraron dicho proceso. Las Fuerzas Armadas no actuaron como un actor autónomo definido por su profesión, sino como parte del aparato estatal en la recomposición de las condiciones de dominación y explotación. En ese contexto, distintos sectores de la gran burguesía —tanto civiles como militares— convergieron en la implementación de un dispositivo represivo nunca antes visto en nuestro país, orientado a desarticular la capacidad política y organizativa de la clase trabajadora. La violencia estatal desplegada durante el período puede leerse, entonces, como parte de una estrategia de restauración, dirigida a bloquear procesos que amenazaban con cuestionar las bases del régimen de propiedad y las relaciones de poder existentes.
Esto explica que la represión se haya ensañado con las organizaciones populares, principalmente las que habían optado por la lucha armada,pero también la ferocidad represiva frente a lxs delegadxs fabriles y dirigentes sindicales combativos. En las fábricas es donde hubo un revanchismo patronal sin límites. Otro sector atacado, la juventud, fue sin dudas el que hizo eco en todo el mundo, con sus luchas y sus banderas manchadas de sangre desde los colegios secundarios hasta las universidades.
Nuestros 30 mil compañerxs son parte de una generación que luchó y dedicó su vida a cambiarlo todo. La militancia fue el eje central y motor de su día a día, y con ello construyeron los más grandes avances que la dictadura quiso borrar. A 50 años, el hijo rojo sigue presente.
¿Qué memoria construimos para nuestros jóvenes?
Un nuevo 24 de marzo nos enfrenta a la pregunta de qué memoria construir frente al negacionismo imperante. ¿Cómo fue posible la emergencia de un discurso que pone en duda el terrorismo de estado y equipara las violencias de los de abajo con la represión estatal? Esta nueva versión recargada de la famosa “teoría de los dos demonios” mal que nos pese, logró instalarse en el discurso público y en el imaginario colectivo principalmente de las juventudes que no vivieron en carne propia ese pasado reciente.
Si la historia es siempre un terreno de disputa, cabe hacernos la pregunta sobre cómo fue posible que tengan asidero estas “versiones alternativas” sobre la dictadura y sus implicancias. A nuestro parecer, una explicación posible tiene que ver con los claroscuros del relato oficial.
Argentina ha sido, y (todavía) es, un país modelo en la implementación de políticas de derechos humanos y memoria. Desde el juicio a las juntas y el reconocimiento de crímenes de lesa humanidad, pasando por la oficialización de organizaciones como Madres y Abuelas podría decirse que tenemos una política activa en lo referente a la memoria, la verdad y la justicia. Sin embargo, en los discursos e interpretaciones construidos y difundidos públicamente a partir del “nunca más”, fundamentalmente desde la promulgación del feriado nacional el 24 de marzo, crisis del 2001 mediante, hay una deliberada omisión al escenario de violencia política previo a la dictadura, sus implicancias y proyectos.
La versión estatal de la historia se edificó sobre tres ideas que, sin faltar a la verdad, omiten y obturan una serie de debates; la idea de la dictadura como “ruptura total” de un orden democrático preciado por el pueblo argentino ignorando cualquier continuidad con la situación previa, la idea de victimas y victimarios y una caracterización de esas víctimas como personas jóvenes e idealistas, muchas veces despojadas de su pertenencia de clase y sus ideas revolucionarias.
Si ese “nunca más” es para el terrorismo de estado, bien podemos suponer que es aplicable tambien al desacato de clase que implicó tener un proyecto de país, de continente y de mundo alternativo al de las clases dominantes. En otras palabras, negar la legitimidad e incluso, lo es peor, la misma existencia de la violencia popular y para-estatal previa al 76´ tiene múltiples consecuencias, sobre todo de cara a lxs más jóvenes. Lo negado aparece como un engaño, y permite que aparezcan figuras como Victoria Villarruel que “si cuentan la verdad que el Estado les negó”.
No podemos pedirle al Estado burgués que construya versiones de la historia que atenten contra su propia reproducción, pero si podemos ser conscientes de que ayudar a construir una versión de la historia que niega la violencia política previa mutila la posibilidad de pensar futuros de verdad y justicia.
Si quienes luchamos diariamente por construir un futuro socialista negamos que la violencia popular es una respuesta legítima a la violencia sistemática perpetrada por nuestrxs explotadorxs y opresorxs, o que puede constituir, al menos, uno de los momentos necesarios para la destrucción de un orden social profundamente desigual estamos malversando la historia y, lo que es más grave, castrando las posibilidades políticas de imaginar futuros posibles de verdad revolucionarios.
La bandera y la lucha regresan siempre
Unidad, esperanza y lucha. Tres elementos del pasado, que un hilo rojo trajo al presente para pensar cómo construir otro futuro. Desde los derechos humanos, tenemos ejemplos fuertes para pensar en quienes sostuvieron la memoria revolucionaria que nos traen ese mensaje hasta acá; ya las mencionamos: las Madres y Abuelas.
Mucho se ha dicho sobre ellas estos días, y a la vez para quienes recorremos el surco que abrieron parece poco. 50 años desde el golpe, 50 años de búsqueda para quienes desde el primer día perdieron a sus familiares. Desde esa fecha hasta acá, han caminado no sólo en su búsqueda, sino que encarnaron la lucha que ellxs mismxs empezaron a caminar cuando decidieron hacerle frente a la clase dominante en búsqueda de construir un mundo nuevo. Lo decía Norita, haciendo alusión a que de su hijo había nacido en la lucha contra todas las injusticias. Luego de ello la vimos en cada bastión de resistencia que construímos, impulsando en su último 24 la lucha por la unidad y por la solidaridad internacional.
Precisamente para quienes militamos, la memoria no es una evocación a un pasado de luchas y derrotas meramente. Es la forma de aprender que es posible luchar por todo y hasta el final, de reconocer en las mayores conquistas de otras generaciones a nuestros aliados en el pueblo; ver con nombre y apellido a nuestros enemigos en la historia.
Hoy más que nunca es imprescindible llenar las calles de jóvenes, comprender las demandas de nuestro tiempo y hacerlas parte de las luchas que buscan cambiarlo todo.
Tenemos como generación de luchadores un renovado desafío: nacer de su lucha y hacer las nuestras. Será con memoria, será en nombre de nuestros 30000.
Ahora y siempre
30000 compañerxs detenidxs desaparecidxs
presentes
Hasta la Victoria Siempre