¿Porqué la experiencia revolucionaria en Kurdistán no está en los medios?
En un tiempo marcado por el colapso ecológico, la financiarización de la vida y la ofensiva global del autoritarismo neoliberal, el movimiento de liberación kurdo emerge como una de las experiencias políticas más profundas, coherentes y radicalmente transformadoras de nuestro tiempo. Su trascendencia no se explica únicamente por su persistencia frente a la ocupación, la represión estatal y la guerra permanente que atraviesa la región. Se explica porque, en medio de uno de los territorios más militarizados del planeta, el pueblo kurdo, junto a otros, supieron construir un horizonte estratégico que desafía las bases mismas de la modernidad capitalista.
La lucha del pueblo kurdo es importante porque combina resistencia territorial, innovación política y una visión civilizatoria alternativa y antiparadigmatica. En Kurdistán no solo se combate contra la opresión nacional de Estados constituídos a partir del reparto colonial de las potencias europeas; se disputa la forma misma en que queremos vivir. Las comunas, los consejos, las cooperativas, las unidades de autodefensa y las asambleas de mujeres no son meras estructuras funcionales a un conflicto bélico: son instituciones de una sociedad nueva, en construcción efectiva y cotidiana.
Un territorio partido, un pueblo persistente
El Kurdistán es una región geográfica y cultural de Asia Occidental, hogar del pueblo kurdo. No constituye un Estado independiente, sino un territorio dividido entre cuatro países que abarca unos 450.000 km², extendiéndose a lo largo de las montañas Zagros y Tauro. Hoy el territorio kurdo se encuentra dividido entre cuatro Estados-nación surgidos de las particiones coloniales del siglo XX tras el colapso del Imperio Otomano:
Turquía (Bakur): donde vive la mayor población kurda, sometida a décadas de negación cultural, violencia estatal, prohibición de la lengua y persecución política.
Irán (Rojhilat): donde los kurdos enfrentan un régimen teocrático que criminaliza cualquier forma de organización autónoma.
Irak (Bashur): donde existe una autonomía reconocida pero atravesada por tensiones internas, corrupción y disputas geopolíticas.
Siria (Rojava): donde, en medio de la guerra civil, se construyó una experiencia revolucionaria que dio forma al confederalismo democrático organizado sobre la base de la Administración Autónoma del Norte y Este de Siria (AANES).

Se trata de una zona predominantemente montañosa, rica en recursos naturales —especialmente petróleo y gas—, y considerada la patria ancestral del pueblo kurdo, el cuarto grupo étnico más numeroso de Medio Oriente, con una población estimada en 45 millones de personas.
Históricamente, el Kurdistán ha sido escenario de resistencias, levantamientos y proyectos políticos de autogobierno, atravesados por la represión de los Estados nacionales y las disputas de las potencias regionales e internacionales.
En cada uno de estos territorios, las condiciones sociales, jurídicas y políticas son distintas, pero la opresión nacional y la fragmentación impuesta por los Estados continuaron funcionando como un patrón histórico común. En ese escenario hostil, el movimiento kurdo logró articular una estrategia de liberación que combina resistencia política y militar, organización comunitaria y un pensamiento político profundamente renovador.
Abdullah Öcalan: del nacionalismo a la crítica radical de la modernidad
La figura central en esta transformación es Abdullah Öcalan, fundador del Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK). Secuestrado en 1999 mediante una operación internacional, trasladado a Turquía y condenado a cadena perpetua en la isla-prisión de İmralı, Öcalan, Serok Apo, con sus 76 años a cuesta lleva más de 26 años sometido a un régimen de aislamiento extremo: sin visitas regulares de familiares, sin abogados y sin contacto con el mundo exterior.
Paradójicamente, ese aislamiento se transformó en una usina intelectual. Allí, Öcalan realizó una autocrítica profunda a la etapa inicial del movimiento —marcada por influencias del socialismo real, el marxismo-leninismo soviético y un enfoque nacional-liberador clásico— y repensó desde cero el horizonte estratégico de la lucha kurda.
Sus escritos de los años 2000, producidos desde la prisión, constituyen una crítica sistemática a:
El socialismo realmente existente, cuyo estatismo y autoritarismo sofocaron la creatividad democrática.
El nacionalismo excluyente, que en Medio Oriente produjo guerras interminables, fronteras artificiales y la manipulación imperialista de identidades étnicas y religiosas.
La modernidad capitalista, basada en el Estado-nación, el patriarcado, el militarismo y la acumulación sin límites.
De esa crítica surge el concepto de modernidad democrática, un proyecto que abandona la idea de tomar el Estado y propone en cambio construir un sistema político basado en comunas, asambleas, cooperativas y confederaciones autónomas, articuladas desde abajo hacia arriba.
Un territorio atravesado por la “tercera guerra mundial”
Los kurdos describen la situación actual de Medio Oriente como una tercera guerra mundial en desarrollo, que no adopta la forma clásica de un enfrentamiento entre dos bloques, sino un entramado dinámico de Balcanización y fragmentación territorial promovida por potencias globales y regionales. Guerra proxy, donde actores locales son utilizados como fuerzas sustitutas de intereses externos. Fundamentalismo islámico como dispositivo político-militar (ISIS, Al-Nusra), funcional al reordenamiento violento de la región. Guerra híbrida y psicológica, desplegada mediante desinformación, bloqueos económicos, ataques diplomáticos, sabotajes y operativos de inteligencia.
El movimiento kurdo no nace al margen de este conflicto: emerge dentro de él, y es precisamente su capacidad para construir comunidad, democracia y organización popular en medio del caos lo que lo vuelve un paradigma para las luchas del siglo XXI.
La revolución de las mujeres como fundamento de una nueva civilización
Abdullah Öcalan sostiene que la primera colonia de la historia fue la mujer, y que toda forma de dominación posterior —de clase, de Estado, de nación o de especie— se erige sobre esa matriz originaria de subordinación. Por eso afirma que ninguna revolución puede triunfar si no desmantela antes la civilización patriarcal, base estructural del sistema de dominación capitalista moderno.
Desde esa convicción, el movimiento kurdo concibe la liberación de las mujeres no como una dimensión sectorial o complementaria de la lucha, sino como su núcleo estratégico y ontológico: la condición misma de posibilidad de una nueva civilización.
De esa perspectiva nace la Jineolojî (jin significa “mujer” en kurdo, y logos, “conocimiento”): una ciencia de las mujeres y de la vida, creada como alternativa epistemológica frente al saber patriarcal y eurocéntrico. No se trata solo de estudiar a las mujeres, sino de reorganizar el conocimiento, la historia y las relaciones sociales desde una mirada centrada en la vida, la cooperación y la libertad. La Jineolojî no es una teoría académica, sino un programa político-cultural que atraviesa todos los ámbitos: la educación, la autodefensa, la economía, la ética y la convivencia cotidiana.
En la práctica, esta revolución de las mujeres se expresa en una multiplicidad de formas organizativas y políticas. Las YPJ (Unidades de Protección de la Mujer), nacidas en Rojava durante la lucha contra el Estado Islámico, se convirtieron en un símbolo global de resistencia y de ruptura con la lógica patriarcal del poder armado. Junto a ellas, las YPG (Unidades de Protección Popular) y las estructuras comunales mixtas funcionan bajo principios de co-presidencia paritaria, garantizando que toda institución —desde una comuna hasta un consejo regional— esté dirigida de manera conjunta por una mujer y un hombre.
Pero la dimensión más radical de esta transformación no se agota en la participación política: la revolución de las mujeres redefine la idea misma de poder. Sustituye el poder sobre otros por el poder con otros, el mando jerárquico por la cooperación organizada, la competencia por la complementariedad. En ese sentido, el movimiento kurdo impulsa un nuevo paradigma civilizatorio, donde la ética, la afectividad, la ecología y la comunidad se entrelazan en un tejido inseparable.
Como afirman las militantes kurdas, “la revolución será de las mujeres, o no será”. Y en los valles, las montañas y las comunas del Kurdistán, esa consigna no es metáfora: es una práctica viva que reorganiza el sentido de la vida, el lugar del cuerpo y la idea de libertad.
Ecosocialismo y producción para la vida
En una región devastada por guerras y el extractivismo de los Estados que fragmentan Kurdistán, las comunidades kurdas desarrollan un ecosocialismo práctico, basado en cooperativas agrícolas, gestión colectiva de la tierra y del agua, defensa de los bosques e integración entre ecología, economía y democracia.
Frente a la modernidad capitalista que destruye territorios, culturas y condiciones ecológicas de existencia, su propuesta no es un programa abstracto, sino una respuesta concreta a la catástrofe ambiental provocada por el capitalismo fósil y extractivo, especialmente en Medio Oriente.
El movimiento kurdo propone reproducir la vida —no mercancías— combinando saberes ancestrales, prácticas comunales y una perspectiva científica crítica. En un planeta en crisis, esa experiencia regional se vuelve un aporte de alcance mundial, donde ecología, democracia y justicia social son inseparables.
Internacionalismo y pluralismo: un confederalismo democrático de las luchas
Si algo distingue al movimiento kurdo es su capacidad para articular identidades, culturas, religiones y pueblos distintos sin imponer homogeneidades. El confederalismo democrático no es solo una forma de gobierno: es una ética política para convivir en la diversidad y una práctica concreta de autogobierno desde abajo. Kurdos, árabes, armenios, asirios, turcomanos, yezidíes y decenas de comunidades conviven en un sistema que reconoce la pluralidad lingüística, la autonomía cultural, la cooperación entre pueblos y una democracia radical basada en la autoorganización y la autodefensa.
Ese mismo espíritu se proyecta a escala internacional. La revolución kurda reivindica un internacionalismo práctico, no declamatorio, que inspira a movimientos feministas, sindicatos, organizaciones comunitarias, colectivos ecologistas y redes anticapitalistas de todo el mundo. En Kurdistán, muchos de ellos encuentran un espejo donde pensar sus propias luchas y un horizonte compartido desde el cual reconstruir la política.
La experiencia kurda no busca exportar un modelo cerrado, sino invitar a construir, en cada territorio, una articulación confederal de resistencias frente al capitalismo, al patriarcado, al colonialismo y a los nacionalismos excluyentes. Un internacionalismo plural, arraigado en las diversidades concretas, que vuelve a situar la solidaridad entre pueblos como fundamento de una política verdaderamente emancipadora.
Esa práctica de democracia radical desde abajo enlaza con la concepción más amplia de lo que el movimiento define como modernidad democrática.
Hacia una modernidad democrática
Inspirado en la obra de Abdullah Öcalan, el movimiento kurdo sostiene que la modernidad capitalista —basada en el Estado-nación, la acumulación económica y la dominación patriarcal— constituye una trampa civilizatoria. En lugar de liberar a los pueblos, los somete a nuevas formas de esclavitud, alimentando guerras, destrucción ecológica y desigualdades extremas. La promesa de progreso de la modernidad occidental se revela, así, como una maquinaria de colonización de cuerpos, territorios y subjetividades.
Frente a este horizonte de crisis, el pueblo kurdo propone un proyecto de transformación radical: la modernidad democrática. No se trata de conquistar el poder estatal ni de sustituir una élite por otra, sino de disolver las estructuras verticales de dominación y reemplazarlas por redes horizontales de cooperación, autonomía y cuidado. En la modernidad democrática, el poder se redistribuye y se reconstruye desde las bases: las comunas, los consejos locales, las asambleas de mujeres y jóvenes, las cooperativas y las estructuras de autodefensa.
Este paradigma, que a la vez no se piensa como tal, redefine las nociones de soberanía, ciudadanía y progreso. La soberanía ya no pertenece a un aparato estatal centralizado, sino a la comunidad en un profundo proceso de organización popular; la ciudadanía se ejerce a través de la participación directa; y el progreso se mide por la capacidad de garantizar justicia social, equidad de género y equilibrio ecológico.
La modernidad democrática no es una abstracción teórica ni una utopía distante: se encarna en la vida cotidiana de Rojava, en Bakur, en Shengal y en las diásporas kurdas del mundo. Cada comuna que decide colectivamente su economía, cada asamblea que elige por consenso, cada red de solidaridad que resiste el aislamiento y el asedio estatal son expresiones concretas de una modernidad que no busca dominar, sino convivir.
Una esperanza concreta en tiempos de barbarie
¿Por qué una experiencia revolucionaria de tal magnitud que ha sabido superar las dificultades en medio de invasiones, guerras permanentes y cercos militares no está en la palestra informativa de los medios de comunicación masivos? Porque no quieren que parezca hay alternativa al Capitalismo en crisis. Aprendieron de las revoluciones del siglo XX y saben que no es bueno dar prensa a un movimiento como el kurdo que logró construir un proyecto democrático real y viviente, que no espera la revolución como un acontecimiento futuro, sino que la practica aquí y ahora.
Su trascendencia histórica no reside solo en la resistencia heroica frente al exterminio, sino en su potencia creadora: en demostrar que la democracia puede ser radical, que la diversidad puede ser fuerza, y que las mujeres pueden liderar una transformación civilizatoria.
En un mundo que nos quiere fragmentados, despolitizados y resignados, Kurdistán recuerda que la libertad no es un sueño abandonado del siglo XX, sino una tarea urgente del presente. Su proyecto encarna una pregunta abierta, profundamente humana:
¿Qué mundo queremos construir cuando la modernidad capitalista ya no pueda sostener la vida?
Kurdistán no ofrece todas las respuestas, pero ilumina un camino: el de un confederalismo democrático de las luchas, un internacionalismo desde abajo y una esperanza concreta para quienes soñamos con una vida más libre, igualitaria y comunitaria. Una revolución viva, que resuena más allá de sus montañas.
Por la paz y la libertad de Abdullah Öcalan
Toda la arquitectura ética y política del movimiento kurdo —su feminismo, su ecologismo, su confederalismo democrático— tiene una raíz ineludible: el pensamiento y la práctica de Abdullah Öcalan, hoy prisionero desde hace más de dos décadas en la isla de Imrali, bajo un régimen de aislamiento total.
Desde su encierro, Öcalan impulsó un viraje histórico: llamó al Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) a abandonar la estrategia de guerra prolongada y a construir un proceso político basado en la democracia, la autonomía y la convivencia entre pueblos. Su propuesta no fue una rendición, sino una redefinición radical de la lucha: pasar de la resistencia armada a una revolución ética y cultural que enfrente al Estado-nación, al patriarcado y al capitalismo desde la organización comunitaria.
Ese llamado a la paz no implica pasividad, sino un compromiso activo con la justicia, la autodeterminación y la vida. La liberación inmediata de Abdullah Öcalan no es solo una cuestión humanitaria o individual: es una condición política para abrir un nuevo capítulo de diálogo y democracia en Medio Oriente.
Liberar a Öcalan es liberar la posibilidad de una paz con dignidad, construida desde los pueblos, las mujeres y las comunidades que hoy siguen haciendo realidad, día a día, la modernidad democrática que él soñó.